Hijos del amor
No puedo creer lo que tengo ante mis ojos. Ser madre es un asombro permanente. Tener este tiempo para mi familia es un don infinito que no cambio por nada. Cuando sembramos una semilla es maravilloso ver el primer brote verde asomando entre la tierra. Sentir como nuestros hijos adquieren su libertad y autonomía convirtiéndose en seres únicos e irrepetibles es algo que roza el milagro. Todavía recuerdo mi asombro cuando en mi panza se movían estos mellizos inquietos, dejando a mi mente turbada ante la presencia de lo viviente dentro mío. ¿Cómo podemos despertar a este movimiento incesante, al crecimiento de nuestros hijos, sin perder sus huellas en la niebla de la prisa?. Esos instantes de calor,de abrazos compartidos, de aromas mezclados entre azúcar, leche y pañales ya no volverán. Pero están en mi, como un secreto bien guardado, que aguarda la pregunta: -¿cómo eramos mami, cuando eramos chicos?. -Traviesos, juguetones, risueños, divertidos, llenos de energía, revoltosos, malcriados...