domingo, 11 de octubre de 2009

Los Padres del Desierto. Los orígenes de la meditación cristiana.


Anselm GrÜn( haz click para leer una de sus obras)

Leyendo hace poco la revista de un banco austríaco,quedé sorprendido al ver que el autor comenzaba su artículo central, sobre los problemas de dirección en las empresas, con la narración de una historia de monjes.
Es claro que los directivos, hoy, encuentran una ayuda para su vida y su trabajo en los a veces impresionantes apotegmas, palabras, dichos o sentencias de los monjes presentados en forma de pequeñas narraciones. Como hace algunos años estuvo de moda citar «koans» budistas 1, así el hombre actual comienza a descubrir la sabiduría de los padres del desierto. Los psicólogos se interesan por las experiencias de los antiguos monjes, por sus métodos para observar y analizar los pensamientos y sentimientos, y a servirse de ellos. Tienen la sensación de que aquí no se trata del hombre o de Dios, sino de un sincero conocimiento de sí mismos y de una auténtica experiencia de Dios.

Haría bien la Iglesia en ponerse también en contacto con las fuentes primitivas de su espiritualidad. Sería mejor respuesta a las aspiraciones espirituales del hombre
que una teología moralizante, que no ha hecho más que paralizar durante los dos últimos siglos. La espiritualidad de los primeros monjes es mistagógica, esto es, introduce en el secreto de Dios y en el secreto del hombre. Y así como la antigua medicina vio en la dietética –la enseñanza de una vida sana– su tarea más importante,así los monjes entienden sus indicaciones para la vida ascética y espiritual como la introducción en el arte de una vida sana. En cuanto vamos a decir nos serviremos,como de rica fuente, de la espiritualidad tal como la vivieron los antiguos monjes hacia los años 300 al 600 de nuestra era. Hacia el año 270 d. C. el joven Antonio, de unos 20 años, oyó en la liturgia estas palabras de Jesús: «Vete, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro duradero en el cielo. Luego, ven y sígueme» (Mc 10, 21). Tales palabras le llegaron al corazón, de tal manera que vendió sus posesiones y se retiró al desierto.

Primero, se encerró en un castillo abandonado, sin ningún contacto con el mundo exterior. Allí permaneció a solas con Dios. Pero se encontró no solamente con Dios, sino también consigo mismo. Y experimentó una rebelión en su interior. Tuvo que confrontarse con sus sombras. La gente que pasaba junto al castillo oyó dentro una gran pelea. Era la lucha con los demonios, el enfrentarse con las fuerzas del abismo, que se comportaban como fieras salvajes. Los demonios se lanzaban sobre Antonio con gran griterío, pero él resistía. Confiaba en la asistencia de Dios, aguantaba la lucha. Y cuando entran por la fuerza en el castillo, les sale al encuentro un hombre «iniciado en profundos secretos y enamorado de Dios», como le describe Atanasio en el famoso libro de su vida: «El aspecto de su interior era limpio. No se había vuelto huraño ni melancólico, ni inmoderado en su alegría, ni tampoco tuvo que luchar con la risa o la timidez. Como la visión de las grandes cosas no le desconcertó, no se notaba nada su alegría de que tantos vinieran a saludarlo. Antonio era más bien todo equilibrio, ponderadamente guiado por su meditación y seguro en su estilo particular de vida. A muchos que tenían dolencias corporales, les curó el Señor por medio de él. A otros los libró de los demonios. Dios concedió también a nuestro Antonio gran amabilidad en su conversación.
Así, consoló a muchos tristes, a otros que estaban reñidos los reconcilió, de tal manera que se hicieron amigos» (Athanasius, 705). Antonio se interna todavía más en el desierto, pero tampoco allí permanece solo. Su ejemplo hace escuela.Por el año 300 vemos por todas partes ermitaños en el desierto. Muchos son discípulos de Antonio; otros se han hecho monjes sin depender de él. El ansia de encontrar a Dios en la soledad como monje era tan fuerte en aquella época, que por todas partes surgieron «grutas », celdas monacales, a cierta distancia unas de otras.
Era el tiempo en que el cristianismo se hizo religión del Estado y se debilitó la fe. Entonces los monjes, como los «mártires», quisieron ser testigos de la fe por medio de un seguimiento radical de Cristo. Así surgieron, en distintos lugares, los movimientos monacales. Estos tuvieron su raíz en los círculos ascéticos de la primitiva Iglesia. La primitiva Iglesia estaba, en general,tan proyectada al más allá, que casi podría decirse que, entonces, todos eran monjes. En el s. II los ascetas constituían el centro de las comunidades, alrededor de las cuales acudían en masa los fieles para resistir como cristianos en la atmósfera hostil del Imperio Romano.

Pero es a partir del s. III cuando puede verse ya el movimiento monacal. Los monjes se asientan a la vez en distintos lugares, primero en despoblados, luego en el desierto. Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre los orígenes del monacato. Es claro que no procede únicamente de fuentes cristianas. La Biblia no invita al monacato. El monacato es un fenómeno general humano, que se da en todas las religiones. En el hombre hay una nostalgia original de Dios, de vivir sólo para Dios, de prepararse, a través de la ascesis y de la fuga del mundo, para la visión de Dios, para unirse con Dios. Los monjes cristianos sintieron esta nostalgia y la interpretaron siempre a la luz de la Biblia. En las Sagradas Escrituras encontraron el fundamento para su seguimiento radical de Cristo. Pero tuvo también su importancia la filosofía griega. No pocas ideas y prácticas de los monjes se asemejan, por ejemplo, a las de los pitagóricos. La vinculación de la ascesis con la mística, la contemplación de Dios, son típicamente griegas. El mismo vocabulario ascético, tan rico, procede,en gran parte, «de la filosofía popular helénica»
(Heussi, 292). Así, las palabras «asceta», «anacoreta»(retirarse del mundo), «monje» (monakos, esto es, uno que se separa), «cenobio» (comunidad de monjes) ymuchas otras.Por el año 300, aproximadamente, acudían de todas partes monjes al desierto. Allí trabajaban y oraban durante todo el día, ayunaban y se emulaban unos a otros.
Ellos no inventaron la vida ascética, sino que, en sus prácticas, tomaron lo que encontraron ya en otros movimientos religiosos. Sin el conocimiento de la ascesis, su vida especial en el desierto hubiera terminado en un trastorno psíquico general y en la demencia. Los monjes tomaron la sabiduría y la experiencia que ascetas de todas las religiones y de los círculos filosóficos habían acumulado ya anteriormente. Sólo así pudieron aguantar su vida en continua soledad y vigilancia y en constante búsqueda de Dios, para conseguir, de ese modo,un gran conocimiento del hombre y un verdadero rastro de Dios. Los padres del monacato fueron como los psicólogos de su tiempo. En la soledad, observaban y analizaban sus pensamientos y sus sentimientos, de los que el domingo, al reunirse para celebrar la eucaristía, trataban con el abad 2, su padre espiritual, para no dejarse engañar en sus luchas. Dialogaban sobre sus pensamientos y sentimientos, sobre su estilo concreto de vida y sobre su camino hacia Dios. Así surgió la denominada confesión de los monjes, en la cual no se trataba tanto del perdón de los pecados como de un acompañamiento espiritual para la dirección de las almas. Era una anticipación del coloquio terapéutico, tal como ha sido desarrollado por la psicología moderna. De todos modos, de las ciudades,incluso de más allá de los mares, de Roma, innumerables fieles acudían a aquellos solitarios que se habían apartado del mundo, para pedir su consejo.

Algo parecido a como tantos buscadores de la verdad peregrinan hoy día a la India, a los gurús. Tenían la sensación de que, en ese desierto, vivían hombres que sabían lo que es ser hombre y que hablaban de Dios con autenticidad,porque lo habían experimentado.En el año 323, el abad Pacomio fundó un monasterio junto a Tabennisi, en la parte alta del desierto de Egipto. Mientras que los ermitaños tenían sólo una escasa relación de unos con otros, Pacomio fue el primero en fundar una comunidad de monjes. Así surgieron grandes monasterios de hasta más de mil monjes rígidamente organizados, modelo para todos los que luego,tanto en Oriente como en Occidente, irían apareciendo poco a poco por todas partes. Hasta que en la fundación de Benito, en Montecasino, alcanzaron su histórico apogeo.En estos monasterios vivieron conscientemente su fe cristiana en comunidad. La nostalgia por la primitiva Iglesia, por aquella comunidad en la que, como dice Lucas,«todos eran un solo corazón y una sola alma, y lo tenían todo en común» (cf. Hech 4, 32ss), es lo que movió a los monjes a buscar juntos a Dios.

La comunidad de ricos y pobres y de gentes de distintas razas, precisamente en esa época de pueblos trashumantes,fue un signo de que el Reino de Dios había llegado. Aunque apartados en soledad, los monjes marcaron al mundo como ninguna otra fuerza de la antigüedad.

Benito de Nursia, que, en la inestabilidad de su tiempo, había fundado un pequeño monasterio sobre el monte Casino, llegó a ser «el padre de Occidente». Y los monasterios que vivieron según su regla marcaron,con su oración y su trabajo, la cultura de las naciones,desarrollando un determinado estilo de vida que, durante largo tiempo, caracterizó a Europa.
Ya en la segunda mitad del s. IV, los monjes se pasaron unos a otros los dichos de los grandes padres antiguos. Aunque pronunciado en una situación concreta y respondiendo a una cuestión particular, «se ve claramente que el dicho (apotegma) del padre, lleno de espíritu,tenía un significado mucho más amplio y rico. No se hizo ninguna colección de esos dichos, pero, poco a poco,fueron surgiendo amplias recopilaciones de los mismos,que tuvieron una gran difusión en la cristiandad. Solamente manuscritos griegos hay unos 160» (Miller, 17).
De esos dichos de los padres queremos sacar nosotros para cuanto vamos a decir aquí. En ellos uno tiene la sensación de que proceden de la experiencia, de que no se quedan en simple teoría. Sus palabras orientan y están llenas de sabiduría. Pero en sus enseñanzas no podemos ver ninguna máxima general válida siempre para la vida. En todo momento responden a situaciones concretas: una palabra precisamente para este que pregunta,un camino terapéutico para este otro en particular.

Por eso muchas de sus expresiones son parciales y exageradas. «Aquí no se dicen de una vez para siempre verdades válidas para todos. Están pensadas para un hombre determinado, en una situación particular, como aguijón que le avive y estimule a ser lo que, en ese momento,debe ser, y esto inmediatamente, hoy, no mañana » (Sartory, 11).

Lo que se nos ha transmitido en los apotegmas, dichos en una determinada situación, fue descrito sistemáticamente por Evagrio Póntico (345-399). Evagrio (o en latín Evagrius) era griego, teólogo culto, que, envuelto en una historia de relaciones, huyó de Constantinopla y se hizo monje en Egipto. Adoctrinado por un padre antiguo en el monacato, Evagrio llegó a ser pronto un padre espiritual muy solicitado. Aunque tentado siempre él mismo, se hizo un especialista en el modo de tratar los pensamientos y los sentimientos, y en la lucha con los demonios. Muchos hermanos le visitaron y le pidieron consejo en su lucha espiritual. Así Paladio, un discípulo de Evagrio, escribe: «Su costumbre era ésta:Los hermanos se reunían a su lado el sábado y el domingo y, durante toda la noche, trataban con él sobre sus pensamientos, escuchando atentamente sus palabras poderosas hasta que llegaba la luz del día. Luego, se separaban llenos de alegría y alababan a Dios, pues verdaderamente su consejo era muy suave» (Bunge, 48).
Por deseo de muchos que buscaban a Dios, Evagrio escribió sus experiencias y ofreció así a muchos monjes orientación en su lucha espiritual. Sus escritos son siempre de circunstancias, compuestos para un determinado peticionario. Paladio escribe sobre sus libros: «Su intelecto llegó a ser muy limpio y mereció el don de la sabiduría,del conocimiento y del discernimiento, en cuanto que discernía las obras de los demonios. Era muy versado en las Sagradas Escrituras y en las enseñanzas de la Iglesia católica. De su ciencia, su conocimiento y su privilegiada inteligencia, dan prueba los libros que escribió» (Bunge, 52s).

Los escritos de Evagrio fueron, durante siglos, las fundamentales enseñanzas espirituales de los monjes.Por desgracia, Evagrio cayó en descrédito en las disputas contra Orígenes, de tal manera que sus escritos fueron prohibidos por la Iglesia. Los monjes, sin embargo,se las arreglaron para que muchos de sus libros llegasen a san Nilo. Así, a pesar de la prohibición eclesiástica,continuaron siendo la norma de conducta para la vida monástica. En Occidente, Casiano, un discípulo de Evagrio consiguió, con sus dos libros, que la sabiduría de Evagrio llegase hasta nosotros. Después de la Biblia,Casiano fue el autor más leído en la Edad Media.

Notas:
1. Los «koans» (del chino kung-an, anuncio o aviso público) están
basados en anécdotas de los maestros del «zen». Se dice que hay, en total,
mil setecientos «koans». En el «zen» budista de Japón, «koan» es una
sentencia o cuestión paradójica usada como disciplina de meditación para
novicios. El esfuerzo para resolver un «koan» está orientado a agotar el
intelecto analítico y la voluntad egoísta, preparando la mente para ofrecer
una respuesta apropiada a nivel intuitivo. Cada uno de estos ejercicios
constituye a la vez una comunicación de algún aspecto de la experiencia
«zen» y un test de la competencia del novicio. (N. del T.)

2. En el texto original, para decir «abad», A. Grün no usa la palabra
alemana «Abt», sino que unas veces lo llama «abba» (en griego) y otras,
como en el párrafo siguiente, «abbas» (en latín). De todos modos, tanto si
lo derivamos del griego como del latín, la palabra «abad» significa siempre
«padre». En nuestra traducción emplearemos únicamente la palabra
«abad». (N. del T.)

Anselm GrÜn

Entrevista a Anselm Grun: seminarios de yoga

2 comentarios:

Mario Soto dijo...

el habito no lo hace al monje, pero si su virtud en lo espiritual lo ayuda.

Mario Soto dijo...

este articulo es muy bueno, pero el habito no lo hace al monje, pero si su virtud espiritual.