viernes, 17 de julio de 2009

El tiempo y la eternidad


El hecho de ser, de estar presentes en esta vida, de poder disponer de un tiempo que se nos da, trae consigo una responsabilidad de infinitas dimensiones que muchas veces no queremos o no sabemos aquilatar.

Estamos conscientes de que solo el presente, el momento presente nos pertenece. El pasado lo vivimos, si, pero se nos fue como agua entre las manos dejándonos tan solo la humedad perfumada de un grato recuerdo o de un triste llanto. Se nos fue como el viento que pasa y pasa para no regresar jamás. Los instantes, las horas, los años vividos se fueron y no volverán.

El futuro es tan incierto como el más grande de los misterios. Indescifrable e impenetrable.

No nos pertenece el mañana, ni siquiera el próximo minuto, que tan solo será nuestro si alcanzamos a vivirlo. ¿Y qué hacemos con nuestro tiempo? Ese, el del momento presente, el que Dios nos está regalando gota a gota, hora tras hora, día tras día... ¿Cómo empleamos nuestro tiempo? A veces dejamos transcurrir esas horas, horas que no volveremos a tener, sin hacer nada, con una dejadez tonta, con un desperdicio imperdonable y falto de cordura.

Pensemos frecuentemente en esto: el gran tesoro del tiempo lo tenemos en nuestras manos. Es el momento presente el que no se nos puede ir sin darle su valor y de muchos presentes hacemos nuestro pasado y también estamos haciendo un puente hacia ese futuro que está por llegar. Ese puente que nos va a conducir a la eternidad.

El valor a nuestro tiempo se lo damos nosotros. Si empleamos ese tiempo en crecer espiritualmente, en ser mejores, en ir limando las aristas de nuestro carácter y temperamento con las que lastimamos a los que nos rodean, ese tiempo será rico, lleno de paz y de alegría.

Será de un extraordinario valor si no lo usamos con la avaricia de vivirlo para nosotros solos, sin que generosamente se lo obsequiemos a los demás .Así ese tiempo jamás será un desperdicio y cuando nos hayamos ido siempre habrá alguien que nos recordará porque llevará en su vida el regalo de nuestro tiempo, el regalo de nuestra propia existencia.

Todos los instantes de nuestra vida son aprovechables.

No los malgastemos en críticas malsanas, en chismes, en arropar rencores, en maldecir con envidia la suerte de otros, en herir de obra o de palabra, en lastimar sentimientos o menospreciar al más débil.

Por el contrario, valoremos y amemos esos instantes presentes para vivirlos con intensidad, con profundidad, haciéndolos fecundos dándoles su justo valor enriquecidos por la fe y la confianza en Dios y repartiéndolos siempre entre nuestros semejantes.

Somos dueños de nuestro tiempo, por nuestra propia y libre voluntad, pero no olvidemos que daremos cuenta de él, cuando ese tiempo se termine y empiece la ETERNIDAD.


Autor: Ma Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net

4 comentarios:

lucía// dijo...

qué lindo post, adri. me frenó en seco y me permitió tomar otro rumbo, gracias por levantarme el ánimo!

besos y abrazos grandotes!
lu

Adriana Paoletta dijo...

Hola Dulzura! Gracias a vos por esa chispa inocente y madura que te modela en luz y sabiduría.

Besos
adri

Anónimo dijo...

UAUUU !!! IM-PRE-SIO-NAN-TE..
MUCHAS GRACIAS ADRI !
ESO ESTABA EN CATHOLIC NET? COMO SUBESTIMO A VECES MI RELIGION EH..., Y DIGO MI RELIGION Y SUENA EN REALIDAD COMO UN CLUB DE FUTBOL, PERO ME HACES DARME CUENTA Y ME HACES ACORDAR, QUE ES UN GRUPO DE HOMBRES QUE INTENTA SEGUIR ENSENIANZAS DE UN MAESTRO, PARA MI DIOS, LLAMADO JESUS...
Emi

Adriana Paoletta dijo...

Si Emi, comparto tu asombro. Muchas veces lo familiar pierde su magia, nos pasa con nuestros padres, con nuestra familia, en donde suponemos que los afectos más vibrantes están afuera y con el correr del tiempo nos damos cuenta que nuestro vínculo cambió y crecimos, ya somos más libres para amarlos con todos sus defectos en su imperfecta humanidad ya que nos descubrimos imperfectos. Esa es la gran enseñanza cristiana, no hay distancias todos somos hermanos en nuestra fragilidad.

Un abrazote
Adri