domingo, 19 de octubre de 2008

DECIR EL MUNDO EN FEMENINO



Desde la antigüedad ha habido mujeres que desafiaron las definiciones de género del patriarcado, que vivieron y nombraron el mundo en femenino desde su experiencia personal, tratando de dar sentido a su ser y estar en el mundo. En muchas ocasiones lo hicieron al margen de los saberes hegemónicos de su época, es decir, de la filosofía, la ciencia o la religión, amparándose en formas de pensar, de explicar el mundo o de vivir que se separaban de las doctrinas o creencias establecidas. Por lo que se refiere a las formas de religiosidad y de espiritualidad se dice:


"Son marginales a las instituciones eclesiásticas porque las religiosas tuvieron siempre prohibido el acceso al sacerdocio, lo cual les impidió proyectar ritualmente una dimensión divina con poder social no mediada por hombres; y liminares en general porque o actuaron en espacios intersticiales, mal definidos por la cultura dominante, o adaptaron a sus necesidades propias las definiciones de religiosidad y de espiritualidad que daba la cultura dominante"(11).


Este alejamiento de los cánones establecidos se observa sobre todo a partir del siglo XII, siglo en el que muchas mujeres y muchos varones sienten una gran inquietud religiosa. Numerosas personas buscaron respuesta a esa preocupación religiosa en fórmulas o grupos conventuales, pero también en fórmulas o grupos no admitidos por la iglesia e incluso, en muchas ocasiones, calificados por ésta como heterodoxas o heréticas. Estos movimientos o grupos paraheréticos permitieron a muchas mujeres liberarse del lugar y papel que les asignaba el patriarcado y la sociedad de su tiempo, es decir, el confinamiento al ámbito privado o al convento, el silencio o la no expresión pública de su propio discurso, la heterosexualidad obligatoria, el matrimonio no deseado, la maternidad obligatoria y con un elevado índice de mortalidad etc.


Entre los grupos ortodoxos y heterodoxos proliferaron las místicas. Las místicas, en general, desafiaron las limitaciones que imponía la Iglesia a las mujeres, asumiendo funciones sacerdotales como si fueran cleros o teólogos, pues tomaron la palabra en público, aconsejaron, adoctrinaron, opinaron sobre asuntos teológicos y eclesiásticos, pero lo hicieron utilizando una treta: hablando desde la autoridad que les daba el contacto inmediato con la divinidad, narrando su experiencia en primera persona -muchas veces acompañada de signos y estigmas en su cuerpo- sin recurrir a mediaciones teológicas elaboradas por los varones. Entre el colectivo místico femenino destaca particularmente (12) el beguinaje, muy extendido a partir del siglo XII por Flandes, Norte de Francia, Bélgica, Alemania y con presencia también en España:

"Las beguinas -beatas o "resclusas"- solas o en grupos, llevaban una vida religiosa en el mundo, al margen, sin embargo de las estructuras tanto eclesiástica como familiar. Eran independientes, por tanto, de cualquier autoridad masculina hasta un extremo desconocido dentro de su propia cultura, crearon un espacio propio y específico, en el que vivir como mujeres una espiritualidad activa, superando las barreras de género impuestas. Un espacio alternativo que, aunque liminar, no puede ser connotado como marginal"(13).



Las beguinas trataron de crear un orden paralelo al orden patriarcal, un orden de mujeres, en el que la adquisición del saber no estaba mediatizado ni controlado por los varones y en el que la autoridad -en el sentido de auctoritas, es decir, de adquirir, crear, transmitir o compartir conocimientos- estaba ejemplificada en mujeres. En este sentido, las beguinas rivalizaron con el poder eclesiástico y con el carácter patriarcal de la religión, al considerar la experiencia religiosa como una relación inmediata con Dios, que ellas podían expresar con voz propia sin tener que recurrir a la interpretación eclesiástica de la palabra divina.


De esta forma las beguinas hablaban "a partir de sí", de su propia experiencia, decían el mundo en femenino, independientemente de los dictados de la iglesia, de los dogmas y de los postulados de los teólogos. No admitieron, pues, el tabú del silencio para las mujeres, ya que hablaban en público, tanto oralmente como por escrito, preocupándose además de transmitir su saber y de educar a las niñas. Tampoco admitieron el imperativo del enclaustramiento en el convento, ya que vivían solas o en comunidades de mujeres y se sustentaban con la remuneración obtenida por los trabajos que desempeñaban y/o por el mecenazgo ejercido por otras mujeres.


Otro grupo de mujeres que no mereció tampoco la atención del patriarcado ( a no ser para perseguirlas, reprimirlas e incluso quemarlas en la hoguera) fueron las brujas o meigas. Las brujas conformaron un colectivo que optó por una de las pocas salidas existentes para las mujeres en la sociedad de la contrarreforma, como era el desempeño de un oficio basado en una serie de prácticas de curanderismo y/o hechicería, mediante el cual obtenían una remuneración y cierto reconocimiento social que le permitía, de algún modo, salir de la marginalidad a la que les obligaba la miseria (ya que muchas eran solteras o viudas), o bien les permitía elegir una alternativa al matrimonio o a la heterosexualidad obligatorios.

Pero este oficio lo aprendían al margen de la práctica médica y quirúrgica de su tiempo, de los sistemas de educación patriarcales, ya que lo hacían por transmisión oral de mujeres más mayores a otras más jóvenes, sometiéndose a una autoridad femenina y conservando una genealogía de mujeres. Estos hechos, actividades, iniciativas o conductas ejercidas o mantenidas por las brujas fueron inadmisibles para el patriarcado; de ahí sus acusaciones de embaucadoras, embusteras, de pactos con espíritus malignos y, sobre todo, su acusación de una sexualidad anárquica y libertina.


Todavía hay otro colectivo de mujeres que intenta rebelarse contra los dictados de género, que desea hablar desde sí mismo, si bien utilizando un lenguaje desconocido para las propias mujeres y es que "el tomar la palabra puede adoptar la forma de predicación, de profecía, de diálogo entre mujeres, de escrito, de imagen, de sonido y también puede tomar la forma de texto inscrito en el cuerpo; es decir, de manifestación somática que exprese una tensión insostenible e inexpresable de otra manera”(14).


Freud supo ver como nadie en el cuerpo de las histéricas un lenguaje distorsionado mediante el que las mujeres expresaban el verdadero deseo. Es cierto que Freud leyó esa distorsión desde el estrabismo patriarcal, no acertando a desentrañar esos signos desde la diferencia sexual. También lo es que en la actualidad existe una aproximación entre feminismo y psicoanálisis, pero todavía no se ha sabido extraer todo el potencial de rebelión del discurso gestual de las histéricas. Ello se debe, seguramente, a que dicho discurso no es un discurso racional, ilustrado, reivindicativo, razón por la que no ha merecido interés por parte del feminismo igualitarista, a pesar de que el cuerpo de la histérica es un cuerpo de mujer violentado y estragado por el sistema patriarcal.


Por último queremos resaltar que también las mujeres ilustradas y reivindicativas al exigir la universalización de derechos dicen el mundo en femenino, interesando no sólo aquellas ilustradas que utilizan su ilustración y erudición para asimilarse al mundo masculino, sino también las que la emplean para expresar su ser femenino. Pueden ser mujeres que aparentemente hablen como un sujeto universal e incluso masculino, pues es posible que utilicen el género gramatical masculino para hablar de sí mismas, pero sin embargo transmiten una interpretación de la realidad femenina, dicen el mundo en femenino. Tal es lo que pasa con María Zambrano, Hannah Arendt o Simone Weil.


PURIFICACIÓN MAYOBRE
UNIVERSIDAD DE VIGO

4 comentarios:

Bacdiras dijo...

Esperemos que a partir de ahora comience un mundo en el que no haya opresión por parte de hombres ni de mujeres. ¿Tendremos que aprender a perdonar?

Un besillo.

Andrés dijo...

Hasta desde el lenguaje se ha denigrado su propia condición. Femenino viene de femino, fe-menos, lo que ciertamente connota exclusión en torno a la búsqueda de lo divino.

Yo prefiero suscribir que esa intuición tan atribuida a los femenino es un saber sagrado, mágino y único.

Mujer que posees el ojo que mira el magma y da vida, rogemos por que tu espontaneidad no muera.
un abrazo

Adriana Paoletta dijo...

Hola Bac!
Ayer hablaba con mis alumnos acerca del perdón, como una expresión de la iluminación espiritual.El perdón diluye la separación entre dos personas y restituye la unidad destruída por "la ignorancia" de obrar en perfuicio de los demás. La guerra entre los sexos es un espejismo de separatividad que deberíamos reconciliar entendiéndonos distintos pero complementarios.
Un abrazo de luz!
Adriana

Adriana Paoletta dijo...

Qué bellas palabras Andrés!
El tema de la experiencia espiritual femenina es un tema histórico, tan poco investigado, y del cual hemos sido confinadas a los claustros, arrojadas a la hoguera y puestas en ridículo...

Siempre se han atribuido al varón las grandes verdades religiosas, filosóficas y científicas, con las cuales hemos construído el mundo. Es nuestra responsabilidad como mujeres brindar una mirada auténtica y realmente nuestra acerca del camino espiritual para que juntos podamos recorrer el sendero misterioso de la evolución.
Creo en la complementariedad de fuerzas y de esa tensión que nos mantiene unidos estallará una tercera fuerza que abrirá las puertas de un nuevo"paraíso" en nuestro corazón.

Un abrazo de luz!
Adriana