domingo, 6 de marzo de 2011

Transfigurados por la fe.



Desde muy chica, intentaba transmitir este don ,que sin saberlo había crecido en mí, la fe.

Era una fe luminosa, que me abría las puertas de un reino cercano, transfigurado, por lo divino en la tierra. Era como si mis ojos, pudieran ver más allá de las apariencias y profundizar, naturalmente con el Ojo del Espíritu, en cada objeto de la realidad, en cada persona que vivía junto a mí.

Todo a nuestro alrededor cambia y tambien nuestra fe, apenas discernible – pequeña como un grano de mostaza-, como decía Jesús (Lucas 17,6).

La fe es como el movimiento del mar, a veces es potente y jamás duda de su fuerza y expansión. Por momentos es más suave, y la duda puede quebrantarla, como a una hoja seca, al opacarla y oscurecerla. Pero ese movimiento de la fe ,es la expresión viva del hombre, de una comunidad que vive entre el cielo y la tierra , buscando crecer en el equilibrio de ambos mundos, el de la materia y el espíritu.

Cuando caminamos por la vida, esta fe se convierte en un compartir nuestra humanidad. Cuando lo humano ,se vuelve pequeño y humilde, la fe madura. Por ello ,esta paradoja, está presente en todas las enseñanzas de todos los maestros que nos animan a convertirnos en niños , para entrar en el Reino de los Cielos.Ser puros de corazón, para entender las enseñanzas del alma y despojarnos del falso yo, para entrar en los reinos espirituales.


No hay nada más vivo, que la fe ,que es transmitida de hombre a hombre. La fe , es el sentir que me llena cuando el mundo parece no tener sentido , cuando mi cuerpo se experimenta débil o enfermo y no tiene energía para seguir adelante, la fe es la fuerza del Espíritu en el mundo y es tan invisible y escurridiza que suele esconderse ,de las creencias dogmáticas y de las excentricidades pseudo espirituales.

La fe se lleva ,en cada paso que damos. Nos enseña a confiar una y otra vez en el misterio de la existencia. Y aún cuando parezca que fuera imposible evocarla, penetra desde el alma de un ser humano a otro , tocándole suavemente para despertarlo, a esta confianza amorosa que Dios nos regala.

Este don , es pura calma, sosiego del alma, que aguarda y confía en su Bien. He visto y he escuchado , como la fe hace milagros y transfigura el cuerpo y el alma , de quien se entrega a ella , incondicionalmente.

La fe no está sostenida por las creencias. La fe es el mismo camino , que me revela a Dios en todo lo que hago, en su amor , que no cabe en mi pequeño corazón.

A veces nuestra fe se derrumba por nuestros errores, que no podemos perdonar en nosotros y en los demás. Y se esconde, lastimada, detrás de la rebeldía , del escepticismo o un desmedido abuso del sentido de realidad, confinándome en la verdad relativa de los sentidos .

Hace menos de un mes,al llegar a Luján , Maia de tres aÑos
miró alegremente la Basílica y dijo: llegamos al Castillo de la Cenicienta!!!!. Ya dentro le mostramos el pesebre, saludamos en el altar a la virgencita y caminamos por la plaza soleada llenos tranquilidad.

Ayer toda la familia volvió a la Basílica de Luján a agradecer, a sentir en el aire esa presencia viva , que se cultiva desde la transformación de nuestros actos, iluminados por la entrega al amor en nuestra vida.


Maia atravesó la plaza, dialogando con la Virgen: -ya llego virgencita , ya estoy acá para verte!. Y recordó el pesebre, y beso al niño dios , pequeño como su hermanito Tobi, que feliz se paseó por el interior de esa casa inmensa, donde ricos y pobres dejan sus pedidos, abren el alma para que aquello que falta , se vuelva real.

En estos últimos días, la fe de nuestra familia creció , se encendió como una llama resplandeciente , que ahora nos guía cuando las fuerzas parecen flaquear y el horizonte se pierde vista. Pero un milagro , tan sólo percibido en nuestra intimidad, se fue revelando suave ,pero irreversiblemente, en una madura entrega a esta fuerza divina que nos dice : aquí estoy, confía en mí.


Somos peregrinos en busca de repuestas y mientras viajemos, la fe nos transformará y nos sanará para siempre.

A mi hermana Romina y a su querida familia que día a día amanece en el abrazo amoroso de la fe.

Adriana Paoletta