domingo, 27 de diciembre de 2009

El Zen me ha encontrado: testimonio de un monje cisterciense sobre su experiencia en un monasterio zen japonés.





Bernard-Joseph Samain, ocso
Abbaye N.-D. D'Orval
Collectanea Cisterciensia 62 (2000) 287-290


Hace dos años tuve la oportunidad de ser acogido durante unas semanas en la vida cotidiana de los monasterios zen en Japón. Esto ocurría en el marco de los Intercambios espirituales que desde hace unos veinte años se vienen realizando en Europa y Japón. Monjes cristianos y budistas se ofrecen una mutua hospitalidad dentro del ámbito de sus vidas. La originalidad de estos encuentros reside en esta convicción ¡sea zen... sea cristiana!: lo más importante no es la discusión teológica, sino conocerse, respetarse, acogerse en el ambiente real de la vida ordinaria de cada día y en la experiencia espiritual que lo anima.
La invitación para participar en este intercambio espiritual fue para mí totalmente inesperada. En abril de 98, y después de algunas vacilaciones, me atreví a abrirme a la aventura que se me proponía, aceptando "salir" sin saber dónde me iba a llevar. Se imponía un primer paso: adquirir un cojín y comenzar a ejercitarme cada día en "sentarme", inmóvil, en la posición tan característica de los monjes zen; durante cinco, diez minutos... y, progresivamente, hasta media hora o tres cuartos. Entrar en el juego del encuentro y de la hospitalidad que se ofrecía, exigía de mi parte una preparación y entrenar mi cuerpo para que fuese capaz de participar, tanto como me fuera posible, en este ejercicio clave en un monasterio zen.


No voy a contar aquí los altibajos de mi aprendizaje. Intentaré decir sencillamente alguna cosa de lo que esta práctica ha aportado y modificado en mí. En un palabra, la práctica de sentarse (en japonés se dice "zazen", el "zen sentado") me ha dado un silencio del cuerpo mayor de lo que yo conocía hasta entonces. Y si ahora quiero ser fiel a esta práctica, es porque va calando en mí este silencio, un silencio que se enraíza en mi cuerpo y trae un fruto de unificación a toda mi vida.

El pasaje bíblico que el zen ha reavivado más en mí es sin duda el texto de la carta a los Hebreos (10, 5-10): "Al entrar en este mundo dice Cristo: Me has formado un cuerpo... Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad". Escucho como un eco las palabras de poeta Mandelstam:

De un cuerpo se me ha hecho don
¿Qué hacer de este bien?,
¿qué hacer de este cuerpo tan único y tan mío?

"Sentarme, simplemente sentarme", en la acogida de mi cuerpo, este cuerpo que yo recibo, como un don. Por él me convierto "corporalmente" en hermano de Jesús: no "pienso" en él, le alcanzo por dentro, por la actitud interior, intentando estar con él, y como él, silencioso ante el misterio de mi ser, el misterio de la Vida, ante el Misterio.


Quisiera mostrar un poco los diferentes componentes de esta práctica corporal y espiritual, fruto de mi encuentro "intra-religioso". Por medio de este adjetivo (inventado por R. Panikkar), quiero decir que llevo en mí, en mi cuerpo, el encuentro zen y el cristianismo. El trabajo del diálogo se lleva a cabo dentro de mí, y en cierta manera en mi ignorancia, después a destiempo) fuera de tiempo) compruebo los beneficios. ¿Qué pasa cuando "me siento", cuando me ejercito en permanecer sentado? ¿Qué frutos se dan en mi cuerpo, en mi vida? ¿Qué actitud espiritual se refuerza?


Practicar el zazen, es ejercitarse en vivir una postura, un gesto global del cuerpo y de todo el ser. Inten-taré aquí caracterizarlo en sucesivas pinceladas:

• Una postura de simplicidad, o de humildad: permanezco en el suelo, por tierra, como un niño, aco-giendo la gracia primera de estar allí, viviendo, respirando.

• Una postura de parada: renuncio moverme, inquietarme, hacer. Delimito, con una clausura temporal un espacio, durante el cual no haré nada, no tengo nada que hacer, resisto a toda tentativa de inva-sión en este espacio de libertad. Y detengo la "locomotora interior".


• Una postura de abandono: me dejo llevar de todo mi peso, me apoyo en el suelo, me desato, abro la mano, dejo caer, suelto recuerdos y pensamientos, proyectos y disgustos, todo lo que me ata, me ocupa, me estorba y parlotea en mí.

• Una postura de acogida de todo lo real que me rodea: permanezco con los ojos abiertos, los oídos abiertos, las palmas abiertas, los hombros y el cuerpo abiertos (sin recovecos, ni cierres: recogerse no es aislarse o perder el contacto con el entorno).

• Una postura de atención y de vigilancia: dejo mi cuerpo erguirse desde dentro, dejarse suscitar del interior y buscar la verticalidad. Y estar dispuesto, presente aquí y ahora, acogiendo el instante pre-sente, acogiendo todo lo que se presenta, abriéndose, ofreciéndose en presente a lo que se presenta en él.


• Una postura de reposo, de "vacación", de "tiempo libre": como María (la hermana de Marta), que se está "sentada", que simplemente escucha, que no se agita, ni se pierde en la multiplicidad de tareas, permanece centrada en lo único necesario. A San Bernardo el gustaba comentar esta escena, en uno de sus sermones se encuentran estas palabras: "Hermano, te conviene permanecer sentado, como María". ¿Confesaré que he recibido esta exhortación de su parte como un estímulo personal para investirme en esta práctica de la sentada? Lo que aprendí de mis hermanos monjes zen toca mi vida cisterciense y se integra en este impulso que me habita. Lo que he escuchado de mis padres cistercienses: "En todas la cosas, he buscado la quietud", y se encuentra en consonancia con los consejos llegados de Oriente. Lo expresaría con estas palabra del poeta Guillevic: "Aprende a no hacer nada / Vivir la nada" o aún, "Estar, simplemente estar".
En este reposo del cuerpo, me dejo llevar por el ritmo de la respiración, por el soplo que mi cuerpo suelta sin cesar para recibirlo de nuevo, adherirse así al gran ritmo del viviente, recibiendo la vida para devolverla: "Padre en tus manos pongo mi aliento)".

Comulgando misteriosamente en la Fuente de mi ser, aprendo a vivir en comunión con todo buscador de Dios. "El desconocido / Es nuestro domicilio", decía Guillivic. Nuestro domicilio para todos nosotros, humanos. Porque, primero este "desconocido" fue el domicilio de Jesús, permaneciendo en él en la oscuri-dad de la fe.

Poco a poco, compruebo que crece en mí una doble unificación. Primero en mi vida personal: lo que afecta al cuerpo durante la sentada repercute en todos los gestos, en todos los tiempos, sea sentado en el oficio, de pie, andando, cantando, o escuchando una conferencia... Es mi forma de ser, de estar presente con mi cuerpo la que se encuentra modificada.


Crece también una unidad con los seres humanos, todos, sea cual sea su religión, su cultura, etc. El zazen, esta práctica corporal extensamente practicada, pacientemente reflexionada y puesta a punto a lo largo de los siglos en el mundo del extremo-oriente, representa un regalo para el hombre. Para todos nosotros que tenemos un cuerpo en común, vivimos en un cuerpo, un cuerpo habitado por un deseo de oración, un cuerpo que busca volverse oración. Trabajar para hacer que mi cuerpo esté disponible en la oración, me hace más solidario con el deseo de crecimiento espiritual que traspasa toda la humanidad.

Me gustaría terminar dejando resonar la voz de Etty Hillesum:

Después de la guerra, quiero recorrer los diferentes países de tu mundo, Dios mío, siento en mí esta necesidad de franquear todas la fronteras y descubrir el fondo común de todas las creaturas, tan diferentes y tan opuestas entre sí. Querría hablar de este fondo común con una vocecita dulce, pero incansable y persuasiva. Dame las palabras y la fuerza. (Diario, 24, septiembre, 1942).

Escucho el eco de la voz del Concilio y su preocupación por examinar "ante todo, aquello que es común a los hombres y conduce a la mutua solidaridad".

Via: espiritualidad cisterciense




1 comentario:

JAVIER AKERMAN dijo...

Apreciado Adriana:
Mi eterno agradecimiento por tus palabras de apoyo por el fallecimiento de mi madre.
Y este post sobre el monje cisterciense y su experiencia Zen es magnífico.
Un fuerte abrazo.