martes, 7 de abril de 2009

El Ayuno Mental


Queremos cambiar, ser mejores personas, desarrollar nuestro potencial espiritual; sin embargo, nuestras aspiraciones no bastan. La mente no nos deja. Atrapados por hábitos y tendencias mentales, damos círculos y círculos alrededor de lo mismo.

Cuando uno emprende un proceso personal necesita saber los recursos con los que cuenta y las dificultades que van a surgir. Los recursos son las capacidades personales que nos permitirán llegar a cumplir los objetivos, y las dificultades son los distintos obstáculos que conlleva avanzar en el proceso.
La premisa fundamental es que todos tenemos recursos para avanzar en el proceso espiritual, y la razón es que todos tenemos cierta capacidad de conciencia. Además, por su naturaleza, la capacidad de conciencia no es algo estático y formado sino que puede desarrollarse y potenciarse. La meditación y las disciplinas que trabajan la mente nos sirven para este fin. Así, el estudio de la mente y de las enseñanzas de los maestros de la humanidad, la atención al momento presente, la práctica del comportamiento ético y responsable, la relación con personas sabias y espirituales, etc. son algunos de los métodos habituales para potenciar nuestros recursos.
Ahora bien, tener recursos no lo es todo. Las capacidades personales necesitan ser utilizadas para tener resultados. Como el que se muere de inanición porque no se alimenta de la comida que tiene, solamente acrecentar nuestros recursos no tiene ningún efecto en nuestra transformación. Así, hoy en día mucha gente se conoce todos los libros sobre espiritualidad, otros muchos están siempre haciendo cursos, otros buscan la cercanía de algún maestro, etc. y de este modo acrecientan su capacidad y fuerza interior, no obstante, pocos desarrollan su proceso espiritual. Hace poco un conocido regresaba de unos días de estancia con su maestro, venía “flotando” con una sensación de paz y de estar “lleno de bendiciones” – como él decía. Sin embargo, cuando le planteé qué iba a hacer para enfrentar sus dificultades personales y para seguir avanzando en el trabajo espiritual no supo responder. No se lo había planteado, sólo quería seguir sintiendo las “bendiciones”.

Apasionamiento
De modo que es preciso aplicar los recursos que tenemos y aquí es donde nos encontramos con dificultades. Los obstáculos es la inercia de la mente, son los hábitos emocionales y racionales, son las tendencias a repetir lo que hemos hecho siempre. Para vencerlos necesitamos pasión. Sólo obtienen resultados en el plano espiritual quienes viven apasionados por la conciencia. Sin la pasión por la enseñanza espiritual y sin la entrega a descubrir la vida más profunda es muy difícil trascender la inercia de tantos años —la inercia personal individual y la inercia que nos rodea cultural y socialmente. La pasión es casi indispensable. Es preciso sentir una necesidad imperiosa por el conocimiento interior, una exigencia personal que surge de saber que sin eso uno no puede seguir, una urgencia interior por emplazar la vida en un orden más elevado. El apasionamiento emerge de la conciencia de las limitaciones y condicionamientos en que uno vive inmerso. Como consecuencia se despierta una claridad mental y lucidez que nos lleva a sentir que la tarea espiritual es justo la solución, la única opción realista posible.
Por otra parte, el apasionamiento encierra el acceso a los métodos apropiados para avanzar en el camino junto con la clara convicción de que son fiables y servirán de ayuda. Además, es importante abrigar la certeza de que ha habido personas que con idénticos procedimientos obtuvieron resultados, y que a lo largo de los tiempos muchos —que eran personas corrientes— consiguieron trascender y descubrir la realidad esencial de su ser, empleando esos mismos métodos.
La mente a dieta
La pasión nos lleva a vencer los obstáculos. Cada vez que actuamos dejamos tendencias e impresiones en la mente. Ninguna acción es inocente, todo deja su huella. Así es como nos convertimos en personas desconfiadas, irascibles, dependientes, etc. En cada comportamiento, cada expresión verbal y cada proceso mental hay una intención. Las intenciones dejan huellas. Pongamos. por ejemplo, la situación de insatisfacción. Cuando entramos en un estado así empezamos a sentir que necesitamos algo que no tenemos, nos sentimos vacíos y nada nos llena. La gente nos aburre, las cosas nos aburren, la vida nos aburre... así empezamos a buscar algo sin que nada nos consuele. En situaciones extremas podemos incluso llegar a hacernos mucho daño a nosotros mismos y a los demás. Afortunadamente, la insatisfacción no dura siempre y a veces se para; no obstante, toda esta cadena de pensamientos, emoción y conductas deja una huella en la mente. El sentimiento queda grabado y la impresión mental se convierte en una tendencia. Así con el tiempo, vuelve a surgir el mismo estado y el mismo proceso se repite, con lo que la huella se hace más profunda, y así sucesivamente. A la postre, la tendencia se convierte en un tipo de carácter o de personalidad y uno se convierte en alguien con una vida en la que predominan la insatisfacción y la desazón.
Lo mismo que con este ejemplo sucede con otras emociones. Así, los momentos de rencor, de tristeza, de ansiedad, de inseguridad, de agitación, etc. —y especialmente el sentimiento de ser alguien individual y separado— se van quedando grabados y con el tiempo vienen a formar parte de nuestro carácter y de nuestro modo de vivir la vida.
Para vencer esto se plantean diversas maneras. Una de ellas es aprender a controlar la mente. Lo que hacemos es dejar de alimentar las predisposiciones, someter la mente a dieta. Esto significa dos cosas, por un lado nutrir la mente con tendencias positivas y beneficiosas, y por otro, interrumpir las tendencias negativas y destructivas.
A través de la quietud y la observación interior —con la meditación, por ejemplo— descubrimos cuáles son esas tendencias que nos condicionan y limitan. Luego, una vez descubiertas nos esforzamos en reconocer las situaciones en que surgen. A continuación, tomamos la determinación de erradicarlas. Finalmente, en cuanto aparecen dejamos de poner energía en seguirlas. La manera de hacer esto último es cambiar los pensamientos y detener la rumiación.
Debemos saber que todos los hábitos mentales se apoyan en una serie de pensamientos y creencias muy arraigados. Así, para anular un estado mental activo podemos utilizar pensamientos diferentes que interfieran y contrarresten su fuerza. Así, en el ejemplo citado antes, cuando uno entra en la insatisfacción, puede empezar a pensar que la vida cambia muy rápido, que lo que hoy le llena mañana no significará nada, que aunque encuentre algo al final le desencantará y volverá a seguir buscando, que siempre ha sido y siempre será así, etc. Pensando de este modo dejamos de alimentar el estado emocional y éste se agota.
Ahora, como sabemos, las tendencias mentales se han convertido en hábitos de modo que contrarrestarlas una vez no es suficiente. Aquí necesitamos ser constantes y esforzarnos en la tarea. Lo que tenemos a favor es que las impresiones presentes son más fuertes que las pasadas, de modo que a pesar de que las tendencias sean de muchos años, también son mucho más débiles que lo que estamos creando ahora. Así, los nuevos pensamientos tendrán cada vez más poder si somos constantes y podrán sustituir fácilmente los viejos hábitos.

La buena alimentación
La otra parte de la tarea es cultivar tendencias positivas. De nuevo, se trata de crear un espacio interno —por ejemplo, utilizando la meditación— en el que se fragüen nuevos estados mentales y formas de pensar. La idea del espacio interno es importante pues no basta con la repetición racional y el convencimiento superficial. Necesitamos contactar con el lugar interior donde se asientan las impresiones mentales y allí mismo crear algo nuevo.
Así podemos implantar estados como la gratitud, el perdón, el amor, la compasión, la sabiduría, la visión lúcida, etc., hacer que se conviertan en hábitos y a través de ellos nuestro carácter nos conduzca a la trascendencia espiritual. La forma de hacer esto en meditación es emplear una serie de pensamientos y vivencias que provoquen la manifestación del sentimiento que buscamos. Primero deja una huella débil en la mente, luego, cuando repetimos la meditación la huella se refuerza y con el tiempo, se convierte en un hábito y finalmente viene a formar parte de nuestro carácter.

La idea es propiciar unos procesos mentales que nos ayuden a avanzar en el camino. Después de esto todavía queda mucho por hacer en cuanto a la vivencia espiritual, pero así tendremos menos obstáculos y atraeremos más oportunidades y mejores condiciones para llegar fácilmente a vivir nuestro ser más genuino.

Juan Manzanera
VIA:ESCUELA DE MEDITACION


Postdata:

Se acerca la semana Santa y hoy se celebra la Pascua Judía, me pareció oportuno reflexionar sobre el ayuno, una práctica que pocos practicamos y sin embargo tan importante en nuestro caminar espiritual.
Les propongo ayunar de la abundancia excesiva que todos tenemos, no sólo de alimentos sino de estímulos visuales, auditivos, táctiles, sonoros.
Date en esta semana la oportunidad de estar presente, de simplificar tus necesidades materiales, de suavizar tus estímulos , de observar los rostros de tus seres queridos, entrando en sintonía con su almas.
Medita en silencio. Lee algunos textos sagrados. Aléjate un poco de lo secular y abraza lo sagrado en tu interior . Celebra estas Pascuas con la conciencia de la Unidad, entre tu frágil corazón y el corazón Divino, permitiendo que estos alimentos sean transmutados en tí por obra del Espíritu.

Celebra en comunidad sabiéndote parte del mundo.
Ayuna y siente la verdad desnuda en tu corazón.


Adriana Paoletta

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