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Saberes que se pierden con la edad


Un chiquito de tres o cuatro años “sabe” muchas cosas y con el crecimiento y la educación va perdiendo esos saberes: que papá está preocupado, o que la abuela está triste, que mamá está embarazada (aún antes de que tenga un atraso), o que perdió el embarazo,  y muchos ejemplos más. Se trata de un saber pre-verbal, no puede explicar cómo lo sabe.   ¡Cuántas veces muestran rechazo o afecto por personas que apenas conocen! y con el tiempo confirmamos lo acertada de su intuición.  No son videntes ni los tomemos como tales, pero en algunas cuestiones saben más que nosotros los adultos porque tienen menos interferencia de la mente racional y menos prejuicios, están muy conectados con su cuerpo y su persona entera y registran esas informaciones.   A medida que crecen se va perdiendo esa conexión. Y a los ocho años probablemente ya no se dé cuenta de la mayoría de esas cosas.  
La cantidad de horas que los chiquitos pasan junto a sus padres explica su captación de los distintos estados de ánimo pero otros temas como registrar un embarazo que ni la madre sabe, son asombrosos.   Ellos no piensan “tiene una nuez de Adán prominente, entonces es un varón”, tienen un saber instintivo, inconsciente, más parecido al de los animales que saben cuando viene una tormenta, o un terremoto, o que su dueño está enfermo…
Una parte se va perdiendo a partir de los cinco años por la mayor integración de la corteza cerebral y el consecuente surgimiento del pensamiento racional (“si se llama Juana… es mujer” dejando de lado otras pistas).  A esto se agrega una cultura que lo va impregnando con  teorías y conceptos que los alejan de ese saber inconsciente, poniendo por ejemplo más énfasis en la ropa, el pelo o los adornos que en la identidad de quien los lleva .
Y nosotros ¿cuántas veces hacemos dudar a nuestros hijos de lo que están viendo, percibiendo, sintiendo?  Cuando la madre le responde a su hijo que ella no está triste, o que él no puede tener hambre porque acaban de comer, o cuando impone un abrigo a un hijo que no tiene frío.  O el padre que no tolera que su hijo tenga miedo de un perro o que la hija esté dolida porque no la invitaron a una salida con amigas.
Así los chicos van perdiendo la conexión con la intuición, con la sabiduría de su cuerpo y de su persona.   Nos creen, y empiezan a desconfiar de ellos mismos, somos más grandes, tenemos mayor experiencia, saben que los queremos, no dudan de nuestra palabra.  Pero entonces dudan de la de ellos y de a poco se olvidan de mirar para dentro y se acostumbran a mirar hacia a fuera, primero a nosotros su padres, a medida que crecen también a los hermanos,  a los amigos,  a lo que la televisión dice, a la sociedad de consumo que tiene un poder enorme en moldear justamente nuevos consumidores.
Los saberes de la infancia, esa intuición natural, empiezan a taparse por capas y capas de conceptos que no nacen de ellos mismos, sino que vienen envasados por otras personas y que de alguna manera termina imponiéndose. En parte es una evolución normal que facilita la sociabilización de los chicos y su inserción en distintos tipos de ámbitos.  Es el precio que los chicos tienen que pagar para adaptarse, que es fundamental para su desarrollo.
Podemos cambiar nuestras respuestas automáticas por otras empáticas diciendo por ejemplo:  “tenés razón que estoy un poco triste, es por un tema de grandes, ya se me va a pasar”,  “tenés hambre, porque no comiste lo que te serví, ahora esperá hasta la hora del té, “abrigáte cuando tengas frío”, “es que no es divertido quedar afuera de un programa”.  O “¿te asusta el perro?  acercáte un poco que lo acaricio y te vas haciendo amigo”.
Al hacerlo fortalecemos a nuestros hijos, los ayudamos a seguir confiando en las señales que su mundo interno les envía, a no derrochar energía en tapar emociones y pensamientos, y a conservar la autoestima alta.  Teniendo claro (y dejándoles claro, como se ve en el segundo ejemplo) que no siempre se puede  hacer lo que uno quiere.
 Marichu Seitun, Nota La Nación 

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